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2009

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Abstract or Description

Hace treinta años, el escritor caleño Andrés Caicedo se quitaba la vida con una sobredosis de barbitúricos, inscribiéndose así en el universo de personajes que, como Marilyn Monroe y Alejandra Pizarnik, optaron por lo que Caicedo daba en llamar “el Gran Sueño del Seconal” (Caicedo, “Hollywood” 148). El suicidio de Caicedo ha sido sin duda un factor que ha contribuido a la difusión de su obra. Sin embargo, esa muerte prematura se sigue manteniendo como una pregunta abierta e incita a la revisión de sus textos en busca de claves que permitan, si no resolverla, al menos aproximarnos al valor que le quiso imprimir él mismo a su muerte. Se escucha que Caicedo expresó de manera pública y repetida su intención de no vivir más allá de los veinticinco años y que luego de un par de intentos frustrados tomó la determinación defi nitiva poco después de recibir de manos de sus editores en Colcultura (el organismo estatal encargado en aquella época de la difusión de las obras literarias y culturales colombianas más representativas) el ejemplar de su novela ¡Que viva la música! listo para publicación. Así daba además cumplimiento a una de las máximas con que la narradora de ese texto, María del Carmen Huerta, fi naliza su relato: “Si dejas obra, muere tranquilo, confi ando en unos pocos buenos amigos” (Caicedo, Música 188). Por ser uno de los textos en que Caicedo trabajaba en la época que precedió a su muerte, esta novela podría ser leída como un testamento o una nota suicida, un documento que permite aproximarnos a sus ideas sobre la funcionalidad del suicidio y su potencial relación con la independencia del sujeto y, por extensión, de la colectividad.

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